Hubo años en que viví como quien respira bajo el agua, contando monedas, contando fuerzas, contando las ganas de no desaparecer. Perdí trabajos y con ellos una identidad que otros creían pequeña pero para mí era casa. Siete años no son poco, son raíces arrancadas a mano limpia. Me miraron con lástima, con hartazgo, con consejos que no pagan cuentas ni abrazan de noche. Me dijeron “aguantá”, como si aguantar no doliera, como si no dejara marcas. Lavé, limpié, atendí, sonreí, cambié de rol como de piel, y aun así me preguntaban qué disfraz usaba hoy. Yo callé. Porque sobrevivir también es silencio. Hubo un diciembre en que el cansancio habló de muerte, pero yo —aunque no lo sabía— ya estaba eligiendo vivir. Vendí cosas, vendí orgullo, pero no vendí mi fe. Cuando nadie creía, yo dudé… y aun así caminé. Contra el viento, contra la falta, contra el miedo de quedar vacía. No fue suerte. Fue gracia. Fue Dios mirándome sin soltarme cuando yo ya no podía mirarme. Hoy sigo perdida, sí. Pero esto...