“No me solté”

Hubo años en que viví

como quien respira bajo el agua,

contando monedas,

contando fuerzas,

contando las ganas de no desaparecer.

Perdí trabajos

y con ellos una identidad

que otros creían pequeña

pero para mí era casa.

Siete años no son poco,

son raíces arrancadas a mano limpia.

Me miraron con lástima,

con hartazgo,

con consejos que no pagan cuentas

ni abrazan de noche.

Me dijeron “aguantá”,

como si aguantar no doliera,

como si no dejara marcas.

Lavé, limpié, atendí, sonreí,

cambié de rol como de piel,

y aun así me preguntaban

qué disfraz usaba hoy.

Yo callé.

Porque sobrevivir también es silencio.

Hubo un diciembre

en que el cansancio habló de muerte,

pero yo —aunque no lo sabía—

ya estaba eligiendo vivir.

Vendí cosas,

vendí orgullo,

pero no vendí mi fe.

Cuando nadie creía,

yo dudé…

y aun así caminé.

Contra el viento,

contra la falta,

contra el miedo de quedar vacía.

No fue suerte.

Fue gracia.

Fue Dios mirándome sin soltarme

cuando yo ya no podía mirarme.

Hoy sigo perdida, sí.

Pero estoy viva.

Y eso no es poco.

No sirvo “solo para eso”.

Sirvo porque resisto.

Porque siento.

Porque sigo.

Mi valor no se mide

por el puesto que ocupo,

sino por todo lo que no me quitó la vida

cuando intentó romperme.

Si hoy solo camino despacio,

está bien.

No llegué hasta acá

para desaparecer,

sino para aprender

que también merezco quedarme.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Inefable

Cicatrices del aire

Noviembre