21 de abril de 2026
Hay una neblina que no se va. No es de hoy, no nació con el cansancio ni con las noches largas de no dormir. Viene de antes. De cuando la escacez tenía nombre, de cuando la vida pesaba más de lo que podía sostener y aun así, seguí. Siempre seguí. Hay una neblina en mis recuerdos, como si alguien hubiese pasado la mano sobre los años y los hubiera borrado con cuidado. El colegio, la adolescencia, la facultad… no desaparecieron del todo, pero ya no viven en mí, solo quedan imágenes sueltas como fotos que no elegí guardar. Y yo me quedé acá, aprendiendo a sobrevivir sin mirar demasiado atrás. Mi trabajo… mi refugio, mi escudo, mi prueba de que no volví a caer. Lo abracé tan fuerte que sin darme cuenta me abracé menos a mí. Porque cuando todo falta, uno se aferra a lo que queda. Y yo me aferré a lo que me salvó. Pero hay noches — esas donde el sueño no llega sin ayuda— en las que el silencio pesa distinto, y me pregunto si esto es estar bien o solo no estar peor. La neblina también está en...