21 de abril de 2026
Hay una neblina que no se va.
No es de hoy,
no nació con el cansancio
ni con las noches largas de no dormir.
Viene de antes.
De cuando la escacez tenía nombre,
de cuando la vida pesaba más de lo que podía sostener
y aun así, seguí.
Siempre seguí.
Hay una neblina en mis recuerdos,
como si alguien hubiese pasado la mano
sobre los años
y los hubiera borrado con cuidado.
El colegio,
la adolescencia,
la facultad…
no desaparecieron del todo,
pero ya no viven en mí,
solo quedan imágenes sueltas
como fotos que no elegí guardar.
Y yo me quedé acá,
aprendiendo a sobrevivir
sin mirar demasiado atrás.
Mi trabajo…
mi refugio,
mi escudo,
mi prueba de que no volví a caer.
Lo abracé tan fuerte
que sin darme cuenta
me abracé menos a mí.
Porque cuando todo falta,
uno se aferra a lo que queda.
Y yo me aferré
a lo que me salvó.
Pero hay noches —
esas donde el sueño no llega sin ayuda—
en las que el silencio pesa distinto,
y me pregunto
si esto es estar bien
o solo no estar peor.
La neblina también está en las personas.
En los nombres que ya no llamo,
en las risas que se apagaron,
en los caminos que dejé
porque no sabía cómo seguir acompañando
cuando yo misma me estaba perdiendo.
Dicen que nadie quiere un corazón triste cerca.
Tal vez.
O tal vez
yo me volví demasiado lejana
incluso para quien intentó quedarse.
Y aún así,
no estoy completamente sola.
Hay una mano que no solté:
la de mi mamá,
mi lugar seguro en medio de todo.
Y hay una fe
que, incluso en la neblina,
no se apaga.
No sé si estoy bien.
Pero estoy.
Respiro y sigo.
Y aunque todo a veces se vea borroso,
aunque mi historia se sienta incompleta,
aunque haya días donde no me reconozco,
hay algo en mí
que todavía insiste
en no desaparecer.
Tal vez no soy claridad,
no todavía.
Pero tampoco soy ausencia.
Soy esta niebla que camina,
que siente,
que recuerda a medias,
que se reconstruye en silencio.
Y quizás,
muy despacio,
muy dentro,
ya estoy empezando
a encontrarme otra vez.
O almenos eso intento...
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