A los veintisiete
A los 27 dijo que partiría,
como si la edad fuera una estación
y el andén un reflejo de su sombra,
hastiada de nacer, crecer y marchitarse
en este zoológico de rutinas.
El espejo le devolvía una mueca
y la sensación de que aquí todo es un vestuario
lleno de disfraces ajenos.
En el fondo —decía—
no quiero ser ni hija ni madre ni mito:
no quiero vivir como repiten los libros,
ni morir como dictan los epitafios.
El mundo es un tribunal sin jueces
ni acusados ni leyes.
A veces, la noche se abría como un ojo,
y la niebla trepaba por su garganta
como un idioma desconocido.
Se va,
dice,
porque hay algo más después de esto,
aunque no sepa nombrarlo.
Una palabra que no es palabra,
un lugar donde la niebla no se cuela
entre los poros del alma.
No deja nada,
ni hijos, ni perros, ni estatuas.
Ni el consuelo de un legado.
Solo el polvo de la ausencia
y la extraña sensación de que
quizá, al fin,
será libre de no ser.
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