Herencia invisible

 Aprendí del amor

mirando desde una esquina,

donde las palabras pesaban más

que los abrazos.

Aprendí que a veces

“te quiero”

suena a puerta cerrándose,

y que hay mesas servidas

que se enfrían en silencio.

Crecí creyendo

que amar era resistir,

que quedarse era valentía

aunque doliera.

Por eso ahora

cuando alguien pronuncia promesas,

mi pecho no florece—

se protege.

No es que no crea en el amor.

Es que lo vi romperse tantas veces

que confundí sus ruinas

con su forma verdadera.

Y todavía estoy aprendiendo

que tal vez

amar

no debería doler tanto.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Inefable

Cicatrices del aire

Noviembre