Entradas

A veces quiero ser niebla

A veces quiero ser niebla, no estar, no doler, no pesar, disolverme en la madrugada como un pensamiento que nadie recuerda. Estoy cansada de cargar días que no preguntan cómo estoy, de sonreírle al mundo cuando por dentro todo grita. No quiero morir, pero tampoco sé cómo vivir cuando el alma se siente como una casa vacía. Me siento sentada en el borde de todo, mirando cómo otros caminan, y yo apenas respiro. Y aun así… sigo aquí. No por valentía, sino por costumbre, por promesas que me hice en voz baja, por sueños que todavía no saben mi nombre.

“No me solté”

Hubo años en que viví como quien respira bajo el agua, contando monedas, contando fuerzas, contando las ganas de no desaparecer. Perdí trabajos y con ellos una identidad que otros creían pequeña pero para mí era casa. Siete años no son poco, son raíces arrancadas a mano limpia. Me miraron con lástima, con hartazgo, con consejos que no pagan cuentas ni abrazan de noche. Me dijeron “aguantá”, como si aguantar no doliera, como si no dejara marcas. Lavé, limpié, atendí, sonreí, cambié de rol como de piel, y aun así me preguntaban qué disfraz usaba hoy. Yo callé. Porque sobrevivir también es silencio. Hubo un diciembre en que el cansancio habló de muerte, pero yo —aunque no lo sabía— ya estaba eligiendo vivir. Vendí cosas, vendí orgullo, pero no vendí mi fe. Cuando nadie creía, yo dudé… y aun así caminé. Contra el viento, contra la falta, contra el miedo de quedar vacía. No fue suerte. Fue gracia. Fue Dios mirándome sin soltarme cuando yo ya no podía mirarme. Hoy sigo perdida, sí. Pero esto...

Habitante del Umbral

 En la casa donde la noche respira, hay un cuarto que nunca ve el amanecer. Ahí habita un susurro, una sombra que se sienta conmigo cuando nadie mira. Me habla en voz hueca, como si supiera el nombre de cada cansancio que escondo. A veces golpea la puerta del pecho, otras veces se acuesta en mis huesos y me pide silencio . No quiere flores, ni promesas, ni luz. Solo quiere quedarse, como un huésped antiguo, como un invierno que olvidó marcharse. Y yo camino despacio, con esa sombra en la espalda, preguntándome si algún día encontraré el botón que apague este eco, o si aprenderé a encender una luz lo suficientemente fuerte para atravesarlo. Mientras tanto, sigo aquí, con el corazón temblando, pero latiendo, aunque el viento susurre lo contrario.

Mi lloron favorito

 No sé dónde estás ahora, y eso me duele más que cualquier cosa. No saber si estás bien, si dormís bajo el sol o si ya sos una estrellita mirándome desde arriba. Pero quiero que sepas algo: te sigo amando con la misma fuerza de siempre. Todavía escucho tus ronquidos en las noches silenciosas, todavía espero sentir tus patitas grandes trepando a la cama. A veces me parece verte pasar, o me parece oír ese llanto raro y tierno que solo vos tenías, como si quisieras decir “estoy acá, mamá”. Me pregunto si sabías cuánto te amaba, cuánto te necesitaba. Tal vez sí, porque los gatos no necesitan palabras para entender el amor. Vos lo sentías cada vez que te acariciaba, cuando te cubría en los días fríos o cuando te hablaba como si fueras un niño. Fuiste mi compañía, mi calma, mi pequeño dormilón. Fuiste hogar. Y aunque te hayas ido —sea donde sea—, seguís siendo parte de mí.  Todos te extrañamos rubio ya no tiene a quien molestar, y Micha te busca en las siestas que dormian al sol. Cr...

Es raro

  Es raro no poder sentir nada y, aun así, seguir. Camino, hablo, sonrío cuando se espera que sonría. Cumplo con la marcha. La gente me mira y dice que estoy bien, que todo me está saliendo, que debería estar feliz. Ellos se alegran por mí, como si pudieran sentir en mi lugar lo que yo no puedo. Pero yo… yo miro mi vida como si fuera un paisaje detrás de un vidrio grueso. Puedo ver los colores, puedo escuchar las voces, puedo hasta imaginar que huele a algo bueno… pero nada traspasa. Ni alegría, ni tristeza, ni miedo. Solo una calma extraña, artificial, como si estuviera en un sueño demasiado largo. Me pregunto si este es el final del camino o si apenas es una estación. Si es normal que la vida “correcta” se sienta como una réplica y no como la original. Quizá mi cuerpo está aquí, pero mi alma sigue buscándome en otro lugar. Y mientras tanto, sigo. Porque eso es lo que hago: seguir, incluso cuando no siento nada.

Esta fría noche de junio

Esta lluvia hace juego con mi tristeza. Los pensamientos negativos hacia mi existencia vienen como bruma pesada, envolviéndome lenta, sin permiso. Hay silencios que gritan más que palabras y gestos que hieren más que gritos. Me esfuerzo por ser útil, por estar, pero el desdén ajeno me deja vacía, como un plato servido que nadie quiere probar. ¿Qué más tengo que dar para no sentirme invisible? Hoy no me animé, pero no fue por cobardía, sino porque hay días en los que el alma pesa más que cualquier vehículo.

Carne prestada

He llegado a pensar —entre suspiros y ausencias— que los amores que habitan en mi mente solo viven allí, en la bruma suave de la idealización. Cada rostro real, cada encuentro fugaz, apaga la chispa que mi alma imaginaba. Y entonces me pregunto: ¿cuál es el propósito de esta carne que Dios me prestó? Amo al prójimo, o eso creo, pero aún no sé cómo sostener mi propio reflejo sin quebrarme. Daría todo por todos, mi luz, mi raíz, mi cielo, pero si nadie necesitase como en realidad lo es… ¿podría quedarme sin temerle a la paz eterna? He seguido el camino recto, trabajé, lloré, me erguí, me recibí pensando que en ese título residía la felicidad. Pero solo hallé un vacío que no sabe cantar. Salí al mundo buscando amor, tejí sueños en pieles ajenas, y descubrí que el amor que anhelaba no era de carne, ni de tiempo, sino de alma. He pensado en irme lejos, a un convento de silencios, o vivir un día a la vez, como un alma libre entre la tierra y el viento. Porque vivo… vivo porque un día dejé de...