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Vive un día más

No hagas promesas eternas, ni jures quedarte para siempre, a veces la vida pesa demasiado como para cargarla completa entre las manos. No pienses en años, ni en futuros que todavía no entiendes, solo atraviesa esta noche como quien cruza un puente temblando sin mirar abajo. Vive un día más. Como una vela pequeña que se niega a rendirse al viento, como una canción repetida que aún conoce el camino de regreso. Vive un día más, aunque no encuentres sentido, aunque el pecho sea una habitación vacía y el reloj parezca burlarse del silencio. Mañana puede no ser milagro, ni luz cinematográfica, ni respuestas cayendo del cielo. Pero será otra página que hoy todavía no has leído. Y a veces basta eso: no saber qué viene, pero quedarse lo suficiente para averiguarlo. Así que no pidas al corazón que sea valiente para toda la vida, solo dile en voz baja, como un secreto entre ruinas: vive un día más.

La cuenta de las cosas pequeñas

  Hay una libreta invisible en casa donde se anotan los favores que nunca vuelven, y el sonido de las monedas cuando cambian de manos sin hacer ruido. Yo aprendí a caminar ligero, como si todo lo que toco tuviera dueño antes que yo. A veces guardo un deseo en el bolsillo y lo miro de reojo, como quien teme que también se cobre intereses. En la mesa se reparten los días: unos para otros, uno o ninguno para mí, pero yo sonrío igual como si no supiera contar. Hay viajes que nacen en silencio y flores que crecen sin permiso, y yo, por primera vez, compré una entrada al cielo sin pedir fiado a la culpa. Pero en la casa, las cuentas siempre hablan en voz alta, y el aire se llena de números que nadie recuerda haber prometido. Yo solo quería una cosa pequeña: un lugar donde mi nombre no sea siempre “después”. 23/10/26

21 de abril de 2026

Hay una neblina que no se va. No es de hoy, no nació con el cansancio ni con las noches largas de no dormir. Viene de antes. De cuando la escacez tenía nombre, de cuando la vida pesaba más de lo que podía sostener y aun así, seguí. Siempre seguí. Hay una neblina en mis recuerdos, como si alguien hubiese pasado la mano sobre los años y los hubiera borrado con cuidado. El colegio, la adolescencia, la facultad… no desaparecieron del todo, pero ya no viven en mí, solo quedan imágenes sueltas como fotos que no elegí guardar. Y yo me quedé acá, aprendiendo a sobrevivir sin mirar demasiado atrás. Mi trabajo… mi refugio, mi escudo, mi prueba de que no volví a caer. Lo abracé tan fuerte que sin darme cuenta me abracé menos a mí. Porque cuando todo falta, uno se aferra a lo que queda. Y yo me aferré a lo que me salvó. Pero hay noches — esas donde el sueño no llega sin ayuda— en las que el silencio pesa distinto, y me pregunto si esto es estar bien o solo no estar peor. La neblina también está en...

Cosecha de momentos

  Camino ligera, sin raíces que me aten, recogiendo fragmentos de sol y viento. El mundo me parece extraño, y a veces me pregunto si vine aquí para observar más que para vivir. Sueño con espacios suaves, con casas que no pesan, con días que se abren como flores. No busco ataduras, solo instantes que me recuerden que existir puede ser un poco más amable. No sigo mapas ni caminos ajenos, solo dejo que cada momento toque mi piel y me enseñe que, aun sin pertenecer del todo, hay belleza en este viaje extraño.

Herencia invisible

 Aprendí del amor mirando desde una esquina, donde las palabras pesaban más que los abrazos. Aprendí que a veces “te quiero” suena a puerta cerrándose, y que hay mesas servidas que se enfrían en silencio. Crecí creyendo que amar era resistir, que quedarse era valentía aunque doliera. Por eso ahora cuando alguien pronuncia promesas, mi pecho no florece— se protege. No es que no crea en el amor. Es que lo vi romperse tantas veces que confundí sus ruinas con su forma verdadera. Y todavía estoy aprendiendo que tal vez amar no debería doler tanto.

Hoy los miro distinto

  Como si el tiempo hubiera bajado la voz y me obligara a escuchar. Miro sus risas —esas que antes pasaban rápido— y ahora se quedan, se me apoyan en el pecho. Sus chistes, sus pequeñas quejas, hasta el silencio entre palabras tiene peso, tiene nombre. Pienso: ¿y si este instante fuera el último? y no por miedo, sino por amor. Porque cuando uno ama así, con esta lucidez que duele, cada gesto se vuelve sagrado, cada mirada una despedida que todavía no quiere serlo. Hoy no quiero huir del tiempo. Hoy quiero quedarme. Mirarlos bien. Guardarlos despacio. Por si acaso. Y Si algún día el tiempo me los quita, que sepa que mi familia fue el lugar donde aprendí a amar sin medida.

🌻 🌻 Volver a mí cuando me siento vacía

Cuando no sienta nada y la vida parezca un paisaje detrás del vidrio, voy a recordar esto: No existe peor vacío que extrañarme a mí. No tengo que correr. No tengo que demostrar. Solo volver. Volver a lo que un día me hizo sonreír, a lo que me sostuvo cuando dolía, a la parte mía que siguió incluso en automático. Así como pienso, siento. Así como sueño, creo. Necesito lluvia para florecer, no castigo. Esto también va a pasar. Yo sigo acá.

A veces quiero ser niebla

A veces quiero ser niebla, no estar, no doler, no pesar, disolverme en la madrugada como un pensamiento que nadie recuerda. Estoy cansada de cargar días que no preguntan cómo estoy, de sonreírle al mundo cuando por dentro todo grita. No quiero morir, pero tampoco sé cómo vivir cuando el alma se siente como una casa vacía. Me siento sentada en el borde de todo, mirando cómo otros caminan, y yo apenas respiro. Y aun así… sigo aquí. No por valentía, sino por costumbre, por promesas que me hice en voz baja, por sueños que todavía no saben mi nombre.

“No me solté”

Hubo años en que viví como quien respira bajo el agua, contando monedas, contando fuerzas, contando las ganas de no desaparecer. Perdí trabajos y con ellos una identidad que otros creían pequeña pero para mí era casa. Siete años no son poco, son raíces arrancadas a mano limpia. Me miraron con lástima, con hartazgo, con consejos que no pagan cuentas ni abrazan de noche. Me dijeron “aguantá”, como si aguantar no doliera, como si no dejara marcas. Lavé, limpié, atendí, sonreí, cambié de rol como de piel, y aun así me preguntaban qué disfraz usaba hoy. Yo callé. Porque sobrevivir también es silencio. Hubo un diciembre en que el cansancio habló de muerte, pero yo —aunque no lo sabía— ya estaba eligiendo vivir. Vendí cosas, vendí orgullo, pero no vendí mi fe. Cuando nadie creía, yo dudé… y aun así caminé. Contra el viento, contra la falta, contra el miedo de quedar vacía. No fue suerte. Fue gracia. Fue Dios mirándome sin soltarme cuando yo ya no podía mirarme. Hoy sigo perdida, sí. Pero esto...

Habitante del Umbral

 En la casa donde la noche respira, hay un cuarto que nunca ve el amanecer. Ahí habita un susurro, una sombra que se sienta conmigo cuando nadie mira. Me habla en voz hueca, como si supiera el nombre de cada cansancio que escondo. A veces golpea la puerta del pecho, otras veces se acuesta en mis huesos y me pide silencio . No quiere flores, ni promesas, ni luz. Solo quiere quedarse, como un huésped antiguo, como un invierno que olvidó marcharse. Y yo camino despacio, con esa sombra en la espalda, preguntándome si algún día encontraré el botón que apague este eco, o si aprenderé a encender una luz lo suficientemente fuerte para atravesarlo. Mientras tanto, sigo aquí, con el corazón temblando, pero latiendo, aunque el viento susurre lo contrario.

Mi lloron favorito

 No sé dónde estás ahora, y eso me duele más que cualquier cosa. No saber si estás bien, si dormís bajo el sol o si ya sos una estrellita mirándome desde arriba. Pero quiero que sepas algo: te sigo amando con la misma fuerza de siempre. Todavía escucho tus ronquidos en las noches silenciosas, todavía espero sentir tus patitas grandes trepando a la cama. A veces me parece verte pasar, o me parece oír ese llanto raro y tierno que solo vos tenías, como si quisieras decir “estoy acá, mamá”. Me pregunto si sabías cuánto te amaba, cuánto te necesitaba. Tal vez sí, porque los gatos no necesitan palabras para entender el amor. Vos lo sentías cada vez que te acariciaba, cuando te cubría en los días fríos o cuando te hablaba como si fueras un niño. Fuiste mi compañía, mi calma, mi pequeño dormilón. Fuiste hogar. Y aunque te hayas ido —sea donde sea—, seguís siendo parte de mí.  Todos te extrañamos rubio ya no tiene a quien molestar, y Micha te busca en las siestas que dormian al sol. Cr...

Es raro

  Es raro no poder sentir nada y, aun así, seguir. Camino, hablo, sonrío cuando se espera que sonría. Cumplo con la marcha. La gente me mira y dice que estoy bien, que todo me está saliendo, que debería estar feliz. Ellos se alegran por mí, como si pudieran sentir en mi lugar lo que yo no puedo. Pero yo… yo miro mi vida como si fuera un paisaje detrás de un vidrio grueso. Puedo ver los colores, puedo escuchar las voces, puedo hasta imaginar que huele a algo bueno… pero nada traspasa. Ni alegría, ni tristeza, ni miedo. Solo una calma extraña, artificial, como si estuviera en un sueño demasiado largo. Me pregunto si este es el final del camino o si apenas es una estación. Si es normal que la vida “correcta” se sienta como una réplica y no como la original. Quizá mi cuerpo está aquí, pero mi alma sigue buscándome en otro lugar. Y mientras tanto, sigo. Porque eso es lo que hago: seguir, incluso cuando no siento nada.

Esta fría noche de junio

Esta lluvia hace juego con mi tristeza. Los pensamientos negativos hacia mi existencia vienen como bruma pesada, envolviéndome lenta, sin permiso. Hay silencios que gritan más que palabras y gestos que hieren más que gritos. Me esfuerzo por ser útil, por estar, pero el desdén ajeno me deja vacía, como un plato servido que nadie quiere probar. ¿Qué más tengo que dar para no sentirme invisible? Hoy no me animé, pero no fue por cobardía, sino porque hay días en los que el alma pesa más que cualquier vehículo.

Carne prestada

He llegado a pensar —entre suspiros y ausencias— que los amores que habitan en mi mente solo viven allí, en la bruma suave de la idealización. Cada rostro real, cada encuentro fugaz, apaga la chispa que mi alma imaginaba. Y entonces me pregunto: ¿cuál es el propósito de esta carne que Dios me prestó? Amo al prójimo, o eso creo, pero aún no sé cómo sostener mi propio reflejo sin quebrarme. Daría todo por todos, mi luz, mi raíz, mi cielo, pero si nadie necesitase como en realidad lo es… ¿podría quedarme sin temerle a la paz eterna? He seguido el camino recto, trabajé, lloré, me erguí, me recibí pensando que en ese título residía la felicidad. Pero solo hallé un vacío que no sabe cantar. Salí al mundo buscando amor, tejí sueños en pieles ajenas, y descubrí que el amor que anhelaba no era de carne, ni de tiempo, sino de alma. He pensado en irme lejos, a un convento de silencios, o vivir un día a la vez, como un alma libre entre la tierra y el viento. Porque vivo… vivo porque un día dejé de...
 “No te quiero conmigo. Te quiero ahí, donde no me hagas daño, pero igual me duelas.”

Huella Invisible

Vivo con la sensación de estar buscando algo que no tiene nombre, alguien que no recuerdo pero siento en los huesos. A veces es una calle que no reconozco, otras, una voz que se me escapa en sueños. Y siempre, un suspiro como si estuviera llegando tarde a un lugar al que nunca fui. Camino entre los días como si todos fueran víspera. Miro al cielo esperando señales que solo mi alma podría leer. Hay noches en que el viento me parece familiar. Como si lo hubiera amado antes. Como si lo hubiera perdido. ¿Y si estoy hecha de mitades? ¿Y si alguien, en otra parte, también despierta con el corazón en pausa esperando mi recuerdo? No sé si busco a alguien, o si solo me estoy buscando a mí en otro tiempo, en otro cuerpo, en otra vida.

Entre la neblina

 Entre la neblina se esconde el día, con paso fresco, la brisa suspira, mientras los pensamientos danzan como hojas que no encuentran salida. Taciturna, la mente se repliega, hacia rincones donde nadie llega. Allí, la ansiedad traza su mapa, y el alma en silencio lo acepta y calla. Camino sin rumbo, pero con memoria, de noches perdidas, de vieja historia. Y aunque el sol no asome todavía, sé que la bruma también se retira.                                              

A los veintisiete

A los 27 dijo que partiría, como si la edad fuera una estación y el andén un reflejo de su sombra, hastiada de nacer, crecer y marchitarse en este zoológico de rutinas. El espejo le devolvía una mueca y la sensación de que aquí todo es un vestuario lleno de disfraces ajenos. En el fondo —decía— no quiero ser ni hija ni madre ni mito: no quiero vivir como repiten los libros, ni morir como dictan los epitafios. El mundo es un tribunal sin jueces ni acusados ni leyes. A veces, la noche se abría como un ojo, y la niebla trepaba por su garganta como un idioma desconocido. Se va, dice, porque hay algo más después de esto, aunque no sepa nombrarlo. Una palabra que no es palabra, un lugar donde la niebla no se cuela entre los poros del alma. No deja nada, ni hijos, ni perros, ni estatuas. Ni el consuelo de un legado. Solo el polvo de la ausencia y la extraña sensación de que quizá, al fin, será libre de no ser.

"Para los que sienten demasiado"

  Para ti, que a veces piensas que la vida te odia y te preguntas en qué esquina dejaste la suerte, te hablo bajito, sin juicio, sin prisa. Tú que caminas con palabras atrapadas en la garganta, como mariposas que temen al viento, y aún así, sigues, porque eso también es valentía. Para los incomprendidos, los que se sientan en el rincón del alma ajena y construyen castillos con miradas que nadie ve. Para los leales a muerte, aunque el mundo no les devuelva ni la sombra. Ustedes son faros encendidos en la tormenta, aunque a veces se les olvide. Para los que tiemblan frente al futuro como quien ve venir una ola gigante sin saber nadar, pero se quedan, porque sienten que rendirse sería traicionarse a sí mismos. Para los que aman lindo, con flores en el pecho y cicatrices en la espalda, pero esconden el amor como un secreto peligroso, por miedo a romperse de nuevo. El amor no es debilidad, es una revolución silenciosa que aún no se atreven a empezar. Y para ti, que sientes que ya vivist...

Diferentes

Silenciosos por fuera, tormenta por dentro. Leales hasta romperse, pero siempre firmes. Aman en voz baja, sufren sin decirlo. No buscan brillar, solo ser reales.